Cada lunes, desde hace año y medio, se reúnen en un local para poner en común sus vivencias y musicarlas. Se llaman La Fábrica de Canciones y están preprando su disco de debut. Sus integranes viven en la calle

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De izquierda a derecha, Rafa Sánchez, Mariano Álvarez, Amparo Roldán, Oliver Tampa y Antonio Martínez, de La Fábrica Canciones.

Se llaman Amparo Roldán, Mariano Álvarez, Antonio Martínez y Oliver Tampa. “Somos personas como cualquier otra”, apunta Álvarez, “lo único que no tenemos es una casa”. Desde hace un año y medio, acude cada lunes a lo que empezó siendo un simple taller de música y ha terminado dando un nuevo sentido a su existencia. A la suya, y a la de quienes le acompañan en la aventura de dar vida a este grupo musical integrado por personas sin techo.

“El primer día vi a toda esta gente que no conocía y me dije, ‘voy a salir a fumar un cigarrillo y ya no vuelvo’. Ahora estoy siempre pensando que ojalá mañana fuera lunes”. Oliver Tampa nació en Senegal. Es el único que reconoce su vocación musical. En la multitudinaria presentación en vivo del primer single del grupo, titulado Ni genios ni artistas, sus compañeros de escenario quedaron gratamente sorprendidos ante el arrojo del senegalés. “Cantar es mi forma de vencer los problemas”, dice. Para Amparo Roldán, una veterana de la calle, hay una cosa “fundamental”: “Conseguir que la sociedad nos vea como personas y no como un objeto que se encuentran por ahí”. Tampa asiente con la cabeza. “Estas canciones están hechas para que se piense de otra forma en los que dormimos en la calle. Se nos dicen tantas cosas malas que no nos merecemos…”.

Detrás de la Fábrica de Canciones, que así se llama el proyecto, se encuentra Rafa Sánchez. Como tantos otros, Rafa vio su primera luz de escenario en el Café Libertad: “Las personas que viven a la intemperie son la consecuencia de un sistema que necesita producir vidas rotas. Este disco pretende generar otra mirada que trascienda los estereotipos. Estamos diciendo que lo que a ellos les ha pasado le puede pasar a cualquiera”. Sánchez recuerda el primer día que vio llegar a Oliver Tampa con la cara desencajada. “Había estado preguntando a un montón de gente por la estación de Metro más cercana y ni siquiera se dignaron mirarle a la cara. Esa experiencia nos sirvió para componer una canción en torno a la invisibilidad de la gente que vive en la calle”.

En el origen de todo están las vivencias de los propios interesados, que se anotan en un panel del local donde ensayan esperando a ser discutidas y convertidas en canción. En su año y medio de vida, La Fábrica de Canciones ha producido más de 40 temas, “más del doble de las que necesitamos para el disco”.

Con ayuda de los amigos

En su primer disco, La Fábrica de Canciones cuenta con un plantel de invitados de lujo. Entre ellos, los cantantes Raimundo Amador y Sole Giménez, ex Presuntos Implicados; la tonadillera Clara Montes y el cantautor canario Pedro Guerra, para quien “lo más importante de este proyecto ya ha sucedido”. El autor de Contamíname y Tan cerca de mí se declara “profundamente tocado” por la experiencia: “No creo que sea tan importante que ahora nosotros le pongamos voz a esto, ni que se sepa que este proyecto ha sucedido, como lo que ya ha pasado, que es que un grupo de gente se ha reunido y ha armado unas canciones; gente que viene de esas realidades y de esa hostilidad”.

El proyecto, auspiciado por la Fundación Rais y la Obra Social de Caja Madrid, reúne a un grupo de personas sin nada en común “más que la calle y la música”. Antonio Martínez, que anda recogiendo sus experiencias callejeras en un libro, De Madrid al suelo, conoció tiempos mejores: “Yo llevaba una vida normal cuando se me vino el mundo encima. Una de las primeras consecuencias es que la música se me perdió, hasta que, poco a poco, fui recuperando las ganas de cantar”. Aunque actualmente pernocta en un albergue municipal, Antonio conoce los rigores de vivir a la intemperie: “El momento en que te metes entre los cartones y cierras, ese metro cuadrado es tu hogar, y la única intimidad que tienes es la que te proporcionan los cartones. Es una sensación muy fuerte”.

Muy distinto es el caso de Mariano Álvarez. “La gente piensa que el que está en la calle está hundido. Pues yo la calle no la cambio por nada. A ver quién tiene unas vistas de la luna como las que yo tengo”. Sus quejas, como las de sus compañeros de grupo, van por otro lado: la ausencia de taquillas donde guardar sus pertenencias, el estado de los albergues municipales y el, a su juicio, vejatorio trato policial: “La gente de las casas está pendiente de que les dejen tranquilos los chorizos, yo estoy pendiente de que me deje tranquilo la policía”.

A diferencia de sus compañeros, Amparo Roldán duerme en caliente. Un detalle que, para ella, tiene una importancia relativa: “En mi casa encuentro un vacío que sólo lleno aquí, con mi gente y la música”. En su primer disco largo, próximo a ver la luz, la Fábrica de Canciones cuenta con la colaboración desinteresada de Pedro Guerra, Raimundo Amador, Sole Giménez y Clara Montes. “Aquí nadie se llevará un duro, lo que se saque con el disco va a ir a proyectos sociales”, explican. Lo próximo: encontrar una sala de conciertos adecuada para la presentación. “Teníamos idea de presentarlo en el Bernabeu”, apunta Antonio, “pero Bruce Springsteen se nos ha adelantado”.

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